Jacinto Lara: La quietud que no se conforma

Raúl Alonso.

 

La versatilidad artística de Jacinto Lara ha desarrollado un discurso comprometido y bien nutrido de significados estéticos. Estamos hablando de uno de los artistas cordobeses más relevantes en la actualidad, con una obra amplia y de gran proyección en el ámbito internacional que no ha escatimado en recursos técnicos y creativos para desplegar una propuesta dilatada, profunda y compleja en matices.


Entre las diversas disciplinas que ha trabajado, quizá sea la escultura en su indisociable dialéctica con la pintura la que haya despertado más interés en las últimas décadas, donde lo invisible de la certeza intuitiva se abre paso entre haikus y fractales imposibles que nos murmuran la fragilidad de la razón. Y aquí adquiere un singular protagonismo la geometría abstracta de Jacinto Lara, que lo convierten hoy día en uno de los continuadores más carismáticos y persuasivos del expresionismo abstracto español tal como fue planteado por el equipo 57 cuando hizo del movimiento plástico suprematista algo más que una crítica a la racionalidad: un sentido político e intelectual que viró desde la contracultura a una ética intelectual posicionada en la defensa de la democracia. La nota distintiva de los fractales de Jacinto Lara en este recorrido radica en el espíritu como suspensión del sentido que abraza los pliegues de la luz. Unos pliegues que lejos de asentar en forma de estratos una geografía del color donde podemos construirnos un hogar, plantean campos de fuerzas en continua ruptura y recreación, donde todo converge a una pretensión de identidad inhabitable.


La serie que protagoniza esta exposición se titula precisamente “Viaje a ninguna parte”. Cada una de las obras son el retrato al mismo tiempo de un movimiento y una quietud que no se conforman: una contradicción paradigmática entre amor y soledad, colectividad e individualidad, vida y muerte. Son también un relato general que acoge algunos otros relacionados con la ausencia y la definición de lo que somos cuando lo que nos importa desaparece, invitándonos a un renacimiento desde la perplejidad que provoca el autoconocimiento y el encuentro obligado consigo mismos.


Federico Castro Morales.


]Kairouan[


Siempre he tenido la sensación de presenciar en Jacinto Lara la marcha acompasada de la creación y la existencia desde el centro de su ser, una irradiación permanente. La lectura de sus poemas recientes nos sugiere que alguna luna ha debido abandonar su órbita:

He recorrido la luna
con la esperanza
puesta en las hogueras...
No he encontrado ninguna.


De la mano de sus dragones protectores transita los pasillos de su laberinto creativo: recorre las aristas de una tiza que aletea en la palma de su mano describiendo diagonales. Tiza, concepto y volumen, infinito y esencia de escultura; trazo, sierra, chispas, soldadura, lija, fuego... Sus haikús de hierro pavonado, desmaterializan la forma, se disuelven en rescoldos que Jacinto Lara nos da para que dibujemos con la mirada sobre las paredes.

Os acompañarán
las sombras, como mías...
en el límite de la nada, removido por el arado, en el inicio de un nuevo ciclo:
Del lugar aquel,
en sombras de los otros
a que os destino,
entonces veremos como os leen,
silabeando cada quien
cuando os acepte.


Jacinto araña con la vara del zahorí la superficie de los campos, incide sobre la senda ya hollada para alumbrarnos al borde del alba su personal tarik -camino-, fundiendo la ascética sufí y la inspiración taoísta, consciente de que no hay una sola vía:

Hay tantas
maltrechas verdades,
que cuando
aceptamos una
como única,
estamos mintiendo
conscientemente.


Como en la superficie de un trigal, el azote del viento jaspea las témperas en la piel de sus cuadros, sin hacer peligrar la simiente. En el tamiz casi vacío, las pinceladas ocultan el galope de caballos tordos y toros bravos bajo la mirada periférica de los dragones sobre el talud de las terrazas fluviales. Desde el cénit o el nadir, desde la soledad geomante del sentimiento, cada día su gramática universal encuentra un lugar donde asirnos a sus órbitas para emprender un viaje a ninguna parte y compartir la existencia efímera del ser.

Cada mañana de un día nuevo...
Camino cuando puedo,
cuando no puedo, también...
Ja©into Lara.




Pintura y escultura: linderos

(notas para una exposición)
Angel L. Pérez Villén.

Hace años que la pintura de Jacinto Lara dejó de ser la ventana desde la que parapetarse a contemplar lo que acontece fuera de sí, de la pintura y de quien la hace. Esa ventana se cegó y terminó convirtiéndose en un espejo de bruno azogue, un umbral, una puerta de las que se abren hacia dentro. La pintura comenzó a tratarse a sí misma y de paso permeó las inquietudes, anhelos y frustraciones de su autor, no sabemos aún si a su pesar (de la pintura) pero en cualquier caso a nuestro favor. Digamos que desde entonces la suya se nos antoja una obra confesional, no un simple ejercicio de estilo y eso siempre es de agradecer.


Convenimos en que se trata de una pintura ensimismada, aunque no lo es tanto como parece pues su razón de ser, que se funda en una cierta fenomenología del espíritu -para nada hegeliana, en todo caso lacaniana- trasciende el ámbito privado y se inscribe en una práctica antropológica que otorga sentido a la experiencia de la vida. Pintura significativa, labor necesaria y cotidiana: la pintura como aprendizaje, mecanismo hermenéutico que se retroalimenta: se pinta como se respira.


También hace años que la geometría comenzó a emerger en su pintura, primero esponjada en campos de color que hacían vibrar la composición por su temperatura y profundidad. Después morosamente surgieron formas puras, figuras espaciales imposibles o complejas y finalmente se diluyó dibujando el contorno de los planos. En esta tesitura nos hallamos. Hallamos planos monocromáticos pero no homogéneos, espacios superpuestos o aledaños, linderos en los que bajo la dominante cromática bullen numerosos matices que dilatan la percepción de la obra. Un confín tras otro, una sucesión de contigüidad, como los mantras que se repiten para favorecer la ascesis, para posibilitar la trama de la oración, el ejercicio ritual de los cuidados, el progreso de la ecuación de la vida.


Por ello la pintura y sobre todo la escultura de Jacinto Lara, dada su competencia para rebosar los límites físicos de la obra, consuman una operación de señalamiento, de acotación del espacio. El artista opera como agrimensor, distribuyendo cotas y calas, plomadas y masas y líneas de fuga sobre la piel de la representación, quizás con la intención de destacar el capricho riguroso de la naturaleza, que construye mundos posibles en la lengua franca de lo fractal. Se percibe cierta fijación por este adiestramiento espacial en el que fermenta la mirada, preámbulo de la visión que emerge entre planos, moradas compartidas, pasos en la rutina del laberinto, fases del pensamiento: se pinta sin manos, como se sueña.


Pinturas que necesitan de la luz precisa para desplegarse ante nosotros y pasar de la mera imagen en dos dimensiones a la experiencia del umbral. El cuadro franquea el acceso al jardín interior donde florecen la emoción y los pesares, los deseos y las frustraciones, los gozos y el duelo. Destellos de ese fuego interno que se deja ver a través de las texturas cuando la oscuridad permite que florezca la penumbra. La escultura repta con su sombra y se deja seducir por la ligereza de lo primordial dibujando al natural los pliegues del tiempo. Aquí se nos requiere cierto compromiso en el aprendizaje del manejo si no de la lucidez, al menos de las hipótesis. Así que préstate a pensar con determinación qué camino tomar.